Wednesday, June 24, 2015

Sunchos, dianas y canelaos eran el alma de San Juan



Tarija tenía sus propias costumbres para celebrar la noche de San Juan, la más fría y larga del año, preparar una fogata -denominada luminaria- con leña sunchos y cañahuecas en la que, si era en el campo se ponían maníes, maíz y papa para que se asen y, si era en la ciudad, se aproximaban los recipientes para calentar el té con té, el canelao o las dianas (singani con leche).

Para el costumbrista Paulino Figueroa, nacido y criado en San Lorenzo, la costumbre para la noche de San Juan era juntar unos días antes un poco de leña, cañahuecas y sunchos, estos últimos con los tallos huecos y que al calentarse antes de quemar revientan como cohetes.

Tradiciones
Allí en el campo, para mantener ciertas tradiciones también se acostumbraba colocar entre las brazas un poco de maní, maíz y papa para asarlas y servirse al calor del fuego. Entretanto, los niños jugaban saltando las llamas y amanecían con cejas, pestañas y pelos chamuscados.
Otra tradición era construir pequeños corralitos con piedritas y terrones de tierra y colocar en su interior “chuis” (porotos de colores combinados) y porotos que simulaban a las ovejas, vacas y burritos y, al día siguiente los niños tenían la ilusión de que se habían movido y la imaginación les hacia ver que habían sus pisadas alrededor.
Al día siguiente, el mismo 24 de junio, aquellos que poseían vacas u ovejas recogían agua en bañadores y tinajas, se les añadía quinua y coime (amaranto) se le añadían unas flores denominadas aromas y que le daban un color guindo y se les echaba a los animales con la petición de que se reproduzcan.
Además, el 24 de junio era el límite para que los agricultores recojan los rastrojos de los sembradíos, levanten sus cosechas de maíz, arvejas, trigo ó garbanzos y largaban a los animales y todo el campo era para ellos.
Si bien estas luminarias eran familiares, se las realizaba en el huerto de cada vivienda, también se hacían otras la noche del 29 de junio por San Pedro y San Pablo, en esta oportunidad ya se convocaba a los vecinos, a nivel de barrio y eran más de compartir en grupo. Era tradicional y aún lo es, compartir bebidas, té con té, canelaos, dianas y batidos, calentados al borde de la fogata, además de empanadas fritas, pasteles de cebolla, de queso y de ambos ingredientes.
En San Lorenzo existe un barrio, el Oscar Alfaro, que tiene como santo patrón a San Juan Bautista y es en este lugar en el que se concentra la celebración. El 23 se realiza el rezo de la Novena de rigor que se lleva a cabo en la iglesia parroquial al concluir el rito de la misa a las 19.00. A su finalización se enciende el camaretazo (fuegos artificiales) para convocar a todos los vecinos del pueblo y participar de la serenata que se realiza en el lugar.



La celebración citadina en la noche más larga del año

Según el escritor José Antonio Rojas Madariaga, por los alrededores de Tarija se cosechaban hierbas secas y tallos de plantas alimentarias como maíz, trigo y cebada y que eran el adecuado combustible que se seleccionaba para la quema nocturna de la noche de San Juan junto a las llamadas “champas”.
Los llamados “abuelos” de las familias que habitaban en cada cuadra se reunían de manera amena y mientras los niños saltaban la fogata, ellos se daban al “te invito” y bebían deliciosos “ponches” hechos con miel y canela, el infaltable “singani familiar”, el llamado “vino patero” de producción privada, bebidas que durante todo el año las usaban para sus costumbres sociales y religiosas.
A las diez de la noche, era algo muy especial que desde las alturas de la llamada “Loma” se podía ver cómo toda la ciudad era iluminada por las fogatas encendidas a lo largo de su longitud; panorama que para muchos quienes se preciaban de poetas, historiadores y cronistas de dicho espectáculo decían que tenía mucha semejanza como cuando “Nerón quemó Roma”, espectáculo que cada año se repetía.
En torno a las fogatas, se brindaba a los niños y jóvenes la aloja, el refresco de pelón, mientras que los adultos se solazaban con ponche de vino, té con té, o licor de zarzaparrilla que era de elaboración casera muy reducida porque era un “secreto” su preparación.
Cuando ya se anunciaba la conclusión de dichas reuniones sociales, los abuelos sacaban naranjas, camotes, lacayotes, yacones y otras frutas y las enterraban en los tizones de la fogata y dejaban que allí se cuezan para que en la mañana los más chicos las consuman porque era medicina casera y de esa manera en todo invierno no serían afectados por la gripe.

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