Thursday, May 25, 2017

La leyenda detrás de los ríos Bermejo y Pilcomayo



Son diversos los mitos y leyendas que envuelven el verdadero origen de los ríos Bermejo y Pilcomayo. Ambas vertientes atraviesan territorio tarijeño y son considerados míticos por los antecedentes que tienen.

Una de las primeras teorías habla de los dioses guaraníes, que por expandir su territorio en el Gran Chaco, dividieron al Pilcomayo, desembocando en el que ahora es el río Bermejo.
La leyenda cuenta que después de la creación de este gran río, Tupá, dios mítico, confió a Guarán la administración del Gran Chaco, territorio que se extendía más allá de la selva ubicada en el centro de Sudamérica.
Tupa le decía a Guarán: “Distribuirás en él las riquezas, cuidando de proveerlo de todo lo que haga falta”, habiéndole dicho eso. Todo en el Chaco era misterio y seducción en el marco de un destino incierto.
Guarán comenzó la gran tarea, con empeño encomiable procuró que la riqueza en la flora y en la fauna -buenas tierras y ricos montes- sean distribuidas de la mejor manera entre sus descendientes. Y también gobernó sabiamente a su pueblo, logrando una verdadera civilización.
Cuentan habitantes del Gran Chaco que Guarán tuvo dos hijos: “Tuvichavé” y “Michiveva”, cuyas idiosincrasias eran radicalmente opuestas. “Tuvichavé”, el mayor, era impetuoso, vehemente, brioso y decidido; mientras “Michiveva”, el menor, era reposado, pacífico y calmo.
Esa desigualdad de idiosincrasias no afectó las relaciones en vida de Guarán, por la gran autoridad que imponía frente a sus descendientes. Pero, acaecida su muerte, y legada la administración del Gran chaco a sus hijos en común, las disputas eran frecuentes. “Tuvichavé” y “Michiveva”, cuyas idiosincrasias eran radicalmente opuestas empezaban a despertar sus diferencias.
Relatan que un día apareció, “Añá”, considerado un dios diabólico, que en su afán de sembrar cizaña entre los hermanos (“Tuvichavé” y “Michiveva”) les aconsejó zanjar sus discrepancias a través de competitividades y habilidades, para ver quién era el mejor.
Añá un día encontró a los hermanos y les dijo: “Resolved vuestras cuestiones compitiendo con destreza”. Tras esto los hermanos, cegados momentáneamente, no supieron afrontar con entereza y sabiduría tal consejo, y convinieron resolver sus rencillas por su habilidad física.
Para hacerlo, subieron un día a los cerros que lindaban con el Gran Chaco y entre pruebas de habilidad; manejo de la flecha, resistencia física y otras, disputaban su hegemonía en el territorio.
Nuevamente la acción maligna de Añá hizo de las suyas, una flecha disparada por Michiveva, el hermano menor, pacífico y calmo, dividió en dos el corazón de Tuvichavé, el hermano mayor.
El mito da cuenta que la sangre de Tuvichavé brotó a borbotones y con fuerza. Ésta bajó los cerros hasta el Chaco, internándose en su territorio, formando así un río de rojas aguas. Este caudal fue denominado “I-phytá” (Nuestro Bermejo), lo que hoy es conocido como río Bermejo.
Michiveva, al tener conciencia de lo que había hecho, fue preso de un ataque de llanto y desesperación. Y las aguas que vertieron sus ojos corrieron tras el río de sangre de su hermano. Así se formó el Pilcomayo, siempre a la par del Bermejo.
El Gran Chaco se quedó sin jefe. Siguió formándose con la espontaneidad de la naturaleza, enmarañada, impenetrable, surcada por los arreboles del rojo río nacido en el corazón de Tuvichavé: el “I-phytá”.
Esta hermosa leyenda relata la historia de dos dioses míticos hermanos, que por cizaña de un dios diabólico, terminaron enfrentados. La sangre y las lágrimas de ambos formaron lo que hoy son nuestros majestuosos ríos, Pilcomayo y Bermejo.
Las aguas del Bermejo
Las tierras que recorría el Bermejo eran disputadas por dos tribus enemigas: los tobas y los matacos. La mayor afrenta que sufrieron los tobas durante esa larga guerra fue la captura de la hija del cacique, que pasó de vivir en sus chozas a vivir en la de los matacos.
Aunque extrañaba a los suyos, poco a poco sus captores se le hicieron menos extraños, sobre todo desde que conoció al hijo del cacique y comenzaron a pasar largas horas juntos. Finalmente, se enamoraron.
Empero la relación era imposible, pues la unión entre una toba y un mataco estaba prohibida por los hombres y maldita por los dioses.
Cuando el consejo de la tribu dio órdenes estrictas para prohibir los encuentros entre los jóvenes, ellos establecieron citas secretas y se amaron más todavía a la sombra de su secreto.
El cacique habló con voz suave y firme. Era preciso que todos respetaran las tradiciones de la tribu, con más razón tratándose del heredero de la autoridad.
Ante la decidida oposición de los jóvenes príncipes, el consejo emitió el fallo final: los amantes serían sacrificados, se les arrancarían los corazones y éstos serían arrojados al río, como lección y advertencia para quienes se atreverían a contrariar las leyes de los hombres y las disposiciones divinas.
Al mediodía, los jóvenes fueron llevados a lo alto del barranco y muertos por el haiawú, cuando el agua aceptó sus corazones sangrantes, se tiñó de rojo para siempre.
A los pocos días hombres, mujeres y niños volvieron al barranco para comprobar la noticia que se había difundido. Para sorpresa de todos los corazones no habían sido arrastrados por la corriente, flotaban juntos exactamente en el mismo lugar en que habían caído.
Pasados varios días se acordó sacar los corazones del agua y convertirlos en cenizas, el objetivo era terminar con cualquier rastro de ese amor.
A través de una gran ceremonia quemaron los corazones en una gran hoguera. Cuando los indios se retiraron a sus chozas sólo quedaba un montículo grisáceo y una tenue cortina de humo.
Días después, cuando un enviado volvió al lugar para comprobar que las cenizas hubieran sido dispersadas por el viento, vio con un asombro cercano al terror que donde estaba el fuego había crecido un arbolito desconocido.
Entre sus verdes hojas mostraba dos únicas flores rojas, una al lado de la otra, en forma de corazón.
A la sombra del letanetá, como llamaron los matacos a la nueva planta, y mecida por las aguas del río que encontró su nombre, nació entonces la amistad entre tobas y matacos, que todavía luchan en el monte para sobrevivir.

El Pilcomayo: leyenda del Palo Borracho

Cuentan que el “Palo Borracho” fue apreciado por los habitantes de las márgenes del río Pilcomayo porque con su tronco enorme en forma de botellón hacían canoas, bateas y “Cachiveo” (especie de embarcación liviana y resistente); además recipientes para la aloja y para amasar la harina.
Sirve para yesca, moldes, etcétera. El salteño le llama “yucan”, el guaraní “samohú”, y los tobas le dan el nombre de “copadalick”. Su nombre clásico es “schorissia”, sus flores son rosas, amarillas, blancas o lilas.
No se le conocen cualidades curativas, pero su sombra es codiciada por el perímetro que abarcan sus ramajes. Se da en clima cálido y seco, y se tiene entendido que mientras más lejos se encuentra el agua, más desarrolla su tronco.
Su pulpa fofa, va almacenando la humedad de la tierra, el rocío que cae en sus ramas y tronco se conserva en la enorme “botella”. Su fruto es una vaina más grande que una nuez y al madurar se abre, brota de él una cantidad de semilla y copos de algodón suave.
Sobre este hermoso y extraño árbol se teje una de las leyendas más contadas en los pueblos indígenas que viven a orillas del Pilcomayo. Según relatan, en los tiempos en que la luna bañaba su precioso disco en las aguas de los grandes ríos aprisionados, existía una tribu de indios cuyos hombres eran de un valor extraordinario, y sus mujeres de mágica hermosura.
Una de ellas sobresalía de todas por su exquisita bondad que se unía a sus nobles condiciones para completar un digno marco de atracción y de alabanzas. Muchos guerreros ambicionaban llevarla a su tienda para compañera, y muchas estrellas fueron testigos de las rondas y canciones que le prodigaban al son de instrumentales y sonoros acordes.
La joven india, que había rendido las pruebas que se exigían a las mujeres de su tribu llegadas a la pubertad, tenía su elegido en uno de los indios de su pueblo, era un esbelto guerrero que en más de una ocasión había puesto a prueba su coraje.
El amor los fue uniendo hasta que quiso la fatalidad que la tribu se trabara en lucha con otras enemigas. Partió el amante con sus compañeros, no sin antes solicitar de los labios de la amada la fidelidad que guardaría durante su ausencia.
Ella le prometió un amor eterno y juró sobre los huesos de sus abuelos que no uniría su cuerpo a otro que no fuera el que había elegido y amado con extraño frenesí. Su espera sería eterna, hasta que las sombras la arrojaran en medio de la noche y la muerte le diera el sosiego a su espíritu dolorido.
Transcurrieron muchas lunas sin que los guerreros ofrecieran noticias. Cuando la convicción de la muerte se extendió por la tribu, la india, desposeída de su bien amado por el triste designio, escuchó indiferente palabras de amor de bizarros hombres del pueblo.
A ninguno hizo caso, porque en su corazón se había abierto una herida profunda causada por el dolor y que no se restañaría por largo tiempo.
Desesperada se hundió en la selva para dejarse morir en ella. Poco tiempo resistió el peso de la vida su físico debilitado. Una mañana, a la llegada de la primavera, los indios que se dirigían a cazar, la encontraron muerta entre los matorrales.
Decidieron llevarla hasta el pueblo; pero, al momento de cargarla sobre una parihuela notaron que sus brazos se alargaban en forma de ramas y que su cuerpo se redondeaba tomando, la forma de un árbol de extraña configuración.
Su cabeza se doblegó hacia el naciente, sobre el tronco y de los dedos: empezaron a brotar flores blancas de gran hermosura. Los indios retornaron impresionados a su tribu y allí contaron lo que habían visto.
Sólo algunos días después se animaron a volver al lugar donde se hallaba la india muerta, convertida en árbol. Al llegar comprobaron que las flores se habían teñido de un ligero color rosado y que ya no había quedado ningún vestigio, de humanidad. El árbol se levantaba seguro sobre su robusto tronco y su ramaje florecido, se desparramaba en su graciosa copa.
La leyenda termina diciendo que las flores blancas son los suspiros de amor y las lágrimas de la india se tiñeron de rosa por la sangre derramada en el campo de batalla.

PROBLEMA: Río Pilcomayo sufre fuerte contaminación

A lo largo del siglo XX, y especialmente a finales del mismo, el río Pilcomayo se ha visto muy afectado por la contaminación provocada por el vertido de escorias mineras y efluentes semicloacales en la zona andina de Potosí, afectando las zonas aguas abajo, en especial la zona del Chaco.
Por otra parte las aguas de su curso medio han desaparecido casi debido a los desvíos artificiales de agua.

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