Monday, August 18, 2014

Cochabamba Se abre Feria de Alasitas con 800 artesanos

Ayer en el municipio de Quillacollo arrancó la fiesta de Alasitas con la presencia de aproximadamente unos 800 vendedores y artesanos que vienen de todo el país, sobre todo de La Paz.

Los expositores ya tomaron ubicaciones en la avenida Martín Cárdenas al sur de ese municipio y se quedarán hasta el domingo 24 de agosto.

En tanto, a dos días de concluidas las principales actividades en honor a la Virgen de Urkupiña, el director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc) de Quillacollo Yuri Tapia evaluó a la festividad como “tranquila”, pues a diferencia de años anteriores no se registraron hechos de sangre ni disparos de arma de fuego. Dijo que una de las razones por el bajo índice delictivo fueron las detenciones preventivas de antisociales que hicieron antes de la fiesta.

La venta de las miniaturas ya comenzó y muchos devotos de Urkupiña se dieron cita ayer para abastecerse de productos de la canasta familiar. “Hemos comprado verduras, frutas. Todo lo que es necesario para el hogar, hay que tener mucha fe para que no falte nada”, dijo Hilda Pereira. Ella, como muchos, se preparaba para cocinar una “sopa” con las verduras adquiridas en la Feria de Alasitas de Urkupiña.

A primera vista lo que uno puede apreciar en la feria tradicional, de origen paceño, son miniaturas de: quintales de arroz, fideo, cereales como lenteja, cargas de papa, tomate, cebolla, carnes de res, pollo y chorizo cuyo valor oscila entre 1 y 5 bolivianos.

Varias miniaturas de apanados y huevos de codornices fueron comercializadas por Carola Flores, cuya familia se dedica a este negocio por generaciones. “Mi mamá nos ha inculcado en esta tradición”, expresó.

“Ahora estoy llevando abarrotes (macarrón, harina, arroz), a parte se llevar carnes y verduras. Una vez que se compra se cocina, se prepara”, dijo otra compradora, Lenny López, que recorrió las cuatro cuadras que abarca la feria, acompañada de su hija y esposo.

También, se encuentra el sector de los objetos de construcción y mobiliario. Ahí se comercializan carretillas, picotas, palas, bolsas de cemento y todo lo necesario en el rubro de la construcción de viviendas.

También se ofrecen miniaturas de autos de diferentes modelos y viviendas. “Todo completo para hacer una casa cuesta 15 bolivianos”, dijo Eva Limachi, artesana en miniaturas y herramientas hace 25 años.

Existen también televisores plasma, celulares, laptops, tablet y cámaras. Los comerciantes informaron que fabrican los pequeños objetos con dos meses de anticipación y llegan a vender un promedio de 5 mil bolivianos durante los siete días de la feria.

El ritual no se cierra con la compra de los objetos en miniatura, ya que estos deben ser llevados ante la Virgen de Urkupiña para ser bendecidos.

La variedad se extiende a los objetos de aseo personal, pasta para dientes y jaboncillos, como también a las comidas. Una gran cantidad de personas degustó los platos en miniatura de picante de pollo, pique macho, charque, chicharrón a un costo de 10 bolivianos. La inauguración de la feria se realizará oficialmente el miércoles. Se espera que la mayor cantidad de visitantes llegue el domingo.

LA FERIA DEL PAN, WHATIA, CH’ALAKU Y PLATOS TíPICOS SE REALIZó AYER EN LA PLAZA PROGRESO DEL MUNICIPIO DE ARAN

Más de 100 años de antigüedad tiene la creación del Mama Qhonq’achi (que en quechua significa para olvidar a la mamá), el típico pan del municipio de Arani. Las creaciones de las panaderas van desde 20 hasta los 50 centímetros de diámetro, en un preparado que, a un poco más del centenario de su creación, mezcla tradición e innovación.

Originalmente, el pan de Arani, según explicó Juana Miranda, vendedora y asociada de una de las panaderías centenarias de Arani, se lo hacía con harina de Pocoata (integral o “mestiza”), manteca de cerdo y preparado en horno de barro a leña y piso de ladrillo.

En la actualidad, por un tema de “salud” se prescindió de la manteca de cerdo, reemplazándola por vegetal. Asimismo, la harina no es cien por cien integral como antes, ya que se la mezcla con harina blanca, precisó Miranda.

Lo mismo sucede con el horneado del pan, ya que debido a las características de los hornos tradicionales, los panes de 30 y 50 centímetros no caben por la “boquilla”, que es pequeña. Para estas variedades los panaderos utilizan hornos industriales a gas.

La panadería Mama Qhonq’achi, que cumplió 100 años el 25 de julio de este año, todavía prepara el pan integral, que mayormente lo compran personas con diabetes, informó Reyna Camacho, propietaria.

Así también, Ortiz manifestó que para la festividad de Arani, sacan al menos 24 variedades de pan, como el de wilkaparu, choclo, cereales, bizcochos, entre otros.

“Por más que nos imiten, no es igual, tenemos un secreto muy especial, que lo llevamos en la sangre y en nuestros corazones, que es el amor a la satisfacción de nuestros clientes”, precisó Ortiz.

De acuerdo con Edgar Delgado, un comprador presente en la feria, el pan gusta por “la consistencia harinosa, que es su cualidad o especialidad. El pan sigue siendo agradable, ya no es como antes, pero aún sigue siendo mejor que el pan regular”.

Tomando en cuenta los cambios que fueron introduciendo los panaderos de Arani para la preparación, estos consideran “difícil y complicado” que el proceso de elaboración se industrialice, porque todavía es hecho a mano, hasta al momento de “t’aqllar” (aplanar) el pan.

“Como el pan es grande y difícil de llevar es complicado pensar en exportar. Si se lo industrializa (el pan) perdería su esencia”, agregó Miranda.

Aún así, ese detalle no evitó que el pan llegue a países como Argentina, Chile y Estados Unidos. “El pan de Arani, que es tan cotizado, va a donde el cochabambino viaja”, dijo Miranda.

Como explicó Ortiz, muchos cochabambinos viajan solo para comprar este “rico y único” pan, salidos directo del horno para “llevárselos bien calientitos”.

Friday, August 15, 2014

Los abuelos enseñarán a hacer voladores

El 20 de agosto, (15:00) en el parque Laikacota, abuelos enseñarán a los nietos a cómo hacer voladores utilizando paja y papel sábana, en la actividad denominada "Thayampi Anatañani”. La idea es transferir conocimientos en estos juegos de antaño.

Wednesday, August 6, 2014

Cultura Kallawaya

La cosmovisión andina de la cultura kallawaya abarca todo un acervo coherente de mitos, ritos, valores y expresiones artísticas.

Sus técnicas medicinales basadas en los sistemas de creencias ancestrales, brindaron a esta cultura, un amplio reconocimiento en Bolivia y en numerosos países de América del Sur, donde aún ejercen los médicos-sacerdotes kallawayas.

Así, la actividad principal de los kallawayas es el ejercicio de una medicina tradicional, a la que están asociados diversos ritos y ceremonias, que son la base de su economía.

Los orígenes del grupo étnico de los kallawayas, afincados en la región montañosa de Bautista Saavedra, norte de La Paz, se remontan a la época preincaica. Al igual que muchos otros aspectos de la cultura andina, sus prácticas y sus valores evolucionaron con la fusión de las religiones indígena y cristiana.

Su arte de curación, está reservado a los hombres y procede de un conocimiento extraordinario de la farmacopea animal, mineral y botánica, así como de todo un corpus de conocimientos rituales indisociables de las creencias religiosas. Los curanderos itinerantes tratan a los pacientes gracias a unos conocimientos médicos y farmacéuticos que se articulan en torno a un sistema complejo de transmisión y de aprendizaje.

Al atravesar ecosistemas muy variados en sus viajes, los curanderos kallawayas perfeccionan sus conocimientos de las plantas medicinales. La farmacopea kallawaya, que consta de unas 980 especies, es una de las más ricas del mundo.

Las mujeres kallawayas participan en ciertos ritos y se consagran a la salud de las mujeres encinta y de los niños. Ellas tejen los paños que se utilizan en los ritos, cuyos motivos y adornos evocan la cosmovisión kallawaya. Durante las ceremonias rituales, grupos de músicos llamados kantus tocan la zampoña y el tambor para entrar en contacto con el mundo de los espíritus.

En los últimos años, el modo de vida tradicional de los kallawayas se ha visto amenazado por la aculturación, lo que puede entrañar su desaparición.



PLAN PARA REVALORIZARLO

En un último recorrido a este patrimonio, autoridades del Ministerio de Culturas y Turismo se trasladaron hasta la localidad de Curva- Bautista Saavedra del departamento de La Paz, a fin de realizar el Lanzamiento oficial del Proyecto “Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de las Comunidades Kallawaya” que fue entregado a las autoridades locales.

El proyecto posibilitará acciones de salvaguardia, enfocadas a la transmisión de los conocimientos y saberes de la comunidad kallawaya. Acciones que están enmarcadas en las directrices de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003 de la Unesco.

Los principales componentes del proyecto son: La transmisión de conocimientos y prácticas Kallawaya entre los practicantes. La sensibilización sobre la importancia de la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial destinado a las comunidades rurales e indígenas, promover la cultura Kallawaya como parte de la identidad multicultural.

FICHA TÉCNICA

Ubicaciónr: Departamento de La Paz

Registro: 0048

Año de inscripción: 2008

Tipo de Patrimonio: Cultural Intangible.

Monday, August 4, 2014

Comienza mes de la Pachamama en ciudades, poblados y comarcas

Desde las primeras horas del primer día de agosto, en las puertas de cientos de negocios y casas en la urbe y en diferentes poblaciones de las provincias del departamento se prendieron ofrendas a la “Pachamama”, en muestra de agradecimiento por lo recibido durante el año. En las tradicionales calles Santa Cruz y Max Paredes de la urbe paceña, se observaron largas filas de pobladores, profesionales, trabajadores y amas de casas para comprar las denominadas “mesas” que servirán de “comida” o tributo a la Madre Tierra. La noche de este viernes, varios establecimientos comerciales realizaron esta importante práctica cultural en las inmediaciones de la plaza Mayor de San Francisco. La humareda alcanzó a los pasajeros de los vehículos del transporte público frente del edificio de Cotel. Algunos negocios colocaron gruesas planchas metálicas para no afectar las aceras o sus propias oficinas.

AGRADECIMIENTO

“Es el mes de la Madre Tierra, de acuerdo con la tradición, está se encuentra esperando las ofrendas que nosotros le daremos en agradecimiento a lo que hemos recibido durante el último año. Esta época del año comienza con la llegada de los vientos y en esta fecha no se pide nada, porque el viento se lo lleva”, manifestó el amauta Mateo Calla.

La primera noche del mes, en puertas de los negocios, consultorios y los domicilios se pudo ver el fuego que consumía las ofrendas, entre sus ardientes carbones se consumían las ofrendas que consisten en dulces en formas de casas, autos, billetes, parejas, cóndores, sapos y mariposas, acompañados por hierbas, pan de oro y plata, “Untu” (cebo) de llama, nueces y lanas de variopintos colores, que representan todo un banquete para la “Pachamama”.

APACHETAS

De la misma forma, con la salida de los primeros rayos de sol en varios lugares denominados sagrados (Apachetas) se realizaron ritos con música y platos de comida de la región para acompañar a la “Pachamama” y mientras ella “comía” las ofrendas, acompañaba el ritual el alcohol, coca y cigarros.

En las provincias, el ambiente no es diferente sino al contrario, se siente con mayor intensidad el incienso, el copal y la “k´oa” en el aire, que acompaña la época de renacimiento de la tierra que se prepara para la nueva siembra.

Sunday, August 3, 2014

El tata de Bombori

Desde la apacheta se divisa un grupo más o menos grande de casas de adobe con tejados plateados de calaminas a juego con el enorme tinglado que cubre la cancha. Y camiones, buses y coches alrededor del pueblo. Lo que no se aprecia por ningún lado es la capilla de la época colonial en la que está el famoso, venerado, pero también temido, Santiago Apóstol, Tata de Bombori.

Fue un jampiri de Cochabamba que se hace llamar Señor de Bombori y al que la gente llama don Santiago (tiene cierto parecido con la imagen del santo —ver Escape del 6 de abril—), el que me habló de la gran fiesta que se celebra en el pueblo de Bombori, en Norte Potosí, cada 25 de julio, día de Santiago. Es la celebración por excelencia de los yatiris, muchos de ellos elegidos por el rayo. La figura del apóstol sincretiza la impuesta creencia católica con la deidad andina Illapa (rayo, trueno y lluvia). A él acuden “los que saben” para recibir su gracia para todo el año.

El 25 de julio, un grupo de estos sabios están tranquilamente en la apacheta atendiendo sus humeantes ofrendas. Abajo, cerca de la capilla, el ambiente es otro.

Son las 09.15 y, para poder llegar a la fiesta, hay que pasar y pagar el peaje improvisado que alguien ha colocado en el acceso a la localidad. “Son diez bolivianos”, dice un hombre tambaleante vestido con poncho y chullu. Tal como le damos el dinero, lo guarda en el bolsillo. Parece que la farra comenzó ayer, primero de los cuatro días que dura la festividad, y que la va a continuar hoy gracias a la financiación de los que siguen llegando al lugar.

Una mujer arrastra casi de la oreja a su tambaleante marido, hermano, o lo que sea. Está a punto de echarle un rapapolvo. Cerca, con la cabeza apoyada en la fachada de una vivienda, otro tipo duerme en una posición que no parece muy cómoda.

El día anterior llegaron la gran mayoría de los peregrinos y muchos se quedarán hasta el final, aunque no hay muchas opciones para dormir: la casa de algún conocido, una payasa alquilada en un cuarto o el propio auto. Y es que llega gente de todas partes: de Potosí, de Oruro, de Cochabamba... Incluso, hay autos con placas argentinas. Y otros, que no tienen matrícula alguna. Muchos de ellos son challados en el bautizo que se celebrará a lo largo del día.

Malena y Marcelo Villarroel han venido desde la Llajta. Sus familiares son fieles devotos del Tata y ellos, en cuanto dejaron de ser niños, comenzaron a venir. Él lleva ocho años seguidos acudiendo a pedir favores al apóstol. Ha traído el cuadro del santo que tiene en casa y lo lleva bien abrigado dentro de un aguayo en el que también hay billetes tamaño Alasita, pues es plata lo que está pidiendo. Porta también una imagen enmarcada más pequeña para otro familiar.

“Para creer es”, dice Malena del Tata. Asegura que antes le pidió ayuda para sacar adelante sus estudios de turismo y también dinero, y que no le ha fallado. Me invita a probar que no es mentira lo que ella y otros peregrinos cuentan. Si no tengo fe, puedo solicitarle algo pequeño, como hace su prima, quien les acompaña. Es su primera vez ante el Tata y va a pedirle algo sencillo. “Si le cumple, tiene que venir el próximo año”, señala Malena.

Otras personas llevan también aguayos en sus brazos, a los que abrazan como si fuesen bebés lo que están llevando. De algunas telas sobresalen camiones de pequeño tamaño que, como los billetes o las imágenes santas, pueden comprarse en varios puestos que hay en la calle de tierra que sube hacia la capilla, o en la propia plaza donde ese encuentra el pequeño templo, el epicentro de la fiesta.

La fachada de la iglesia es blanca por la cal que recubre la piedra y está techada con paja. A su izquierda se levanta, aunque no parece que le quede mucho tiempo de estar de pie, el campanario, que recuerda a los falsos decorados de los viejos westerns. Tiene dos pequeñas campanas de las que cuelgan, como algas botadas por el mar contra un acantilado, serpentinas ennegrecidas. A sus pies hay una mezcla de gente, carneros, algunos vivos, otros, muertos, y botellas. Es totalmente negra, y no porque esté pintada: es el punto de realización de las ofrendas al Tata.

“Me puedo enfadar”, advirtió el apóstol Santiago cuando llegó a estas áridas tierras hace mucho, pero mucho tiempo. “¡Yo soy el remedio! Ustedes deben amarme, atenderme. Si no, me iré a otro lugar”, espetó a los lugareños. Ésta es una de las leyendas sobre el origen del fervor por esta figura bíblica en la zona, recogida por la investigadora francesa Virginie de Véricourt en Rituels et croyances chamaniques dans les Andes boliviennes. Les semences de la foudre. Para obtener el favor del santo, la gente prendió velas y sacrificó carneros, ofrendas que hoy se siguen practicando.

Sangre por favores

Los machos de oveja son degollados por los propios oferentes a los pies del pequeño campanario. Con un plato de plástico recogen la sangre, que luego lanzan contra la torre. Mientras, otros fieles riegan la construcción con cerveza y otras bebidas y, también, con mixtura. Lo que chorrea conforma un maloliente charco que, por debajo de la basura, de los pies de los creyentes y de los cuerpos lanudos de los carneros muertos, va creciendo y extendiéndose por la plaza en la que conviven, mezclados, borrachos durmiendo la mona, yatiris leyendo la coca, vendedores de cerveza y devotos esperando la bendición.

“Es el segundo año que vengo y el segundo cordero que mato. El año que viene, mataré el tercero”, cuenta un cochabambino que tiene a sus pies su borrego muerto, que va ennegreciéndose. Lo ha comprado al otro lado de la plaza, detrás de la feria en la que se venden desde imágenes del santo hasta barreños de plástico y ajos a granel. Allí, atados a un poste, están los animales, que cuestan 300 bolivianos por cabeza. “Luego lo voy a cocinar y, cuando lo coma, recogeré los huesos y subiré al calvario a enterrarlos”, explica, señalando hacia una ladera por la que se extiende el pueblo. Allá, sobre un pequeño saliente entre las casas, hay una cruz grande y sencilla y una ermita de piedra y calamina, a la que los penitentes dan tres vueltas de rodillas sobre el piso de adoquines. Adentro cabe poca gente, que eleva plegarias ante una pared desnuda y negra.

La capilla del Tata

Aunque por fuera mantenga el estilo colonial, adentro las paredes y el suelo han sido recubiertos con hormigón. Sobre los muros se leen los agradecimientos de los que algunos visitantes han querido dejar constancia en la visitada iglesia.

Al atravesar el concurrido umbral se pasa del frío y el olor a koas, sangre y alcohol, a un ambiente oscuro, caliente y pegajoso, en el que se mezclan los lloros y plegarias de la gente con la voz de la pasante de la fiesta, que pide calma a los que se amontonan frente al altar para dejar presentes al santo, y la del hombre que, a pesar de la falta de espacio, se empeña en recoger la basura en una carretilla y luego pide a gritos que le dejen salir. Dos mujeres parecen estar en trance: abrazan los aguayos en los que llevan sus peticiones y farfullan algo mientras por la cara les caen lagrimones que parecen sinceros.

Pero todo esto no perturba la concentración de los rezos individuales, de los que hay dos tipos: los de los sobrios y los de los borrachos. Un hombre prende una vela con una mano mientras con la otra empina la lata de cerveza, cada vez más inclinado sobre la mesa en la que arden decenas de velas que aportan la única iluminación aquí adentro, pues no hay ventanas ni orificios. Otros hombres, sentados en los laterales, también toman.

Cuando alguien termina el rezo, sale de la capilla marcha atrás para no dar la espalda a la imagen de Santiago.

Y es que hay que tener cuidado con el carácter del Tata, pues no se anda con bromas y uno de sus castigos puede ser la muerte. Algunos de los testimonios recopilados por la investigadora francesa aseguran que ha habido pasantes (porque, como toda fiesta altiplánica, tiene pasantes) que han muerto fulminados frente al altar.

Y con él pasa lo mismo que con la Virgen de Copacabana, cuentan: si una pareja que no está casada acude ante él, los separa (a no ser que tengan mucha fe).

Pero a pesar del temor, sus fieles no le fallan al santo: “Médico es”, dicen todos. Aunque casi todos, más que salud, le piden dinero u otros deseos materiales.

Aunque sea la fiesta de los yatiris, a Bombori acude cualquiera que tenga fe y alguna petición. Ofrendas, rezos y mesas ceremoniales conforman la celebración tradicional, explica Serafín Romero, alcalde del municipio de Colquechaca, al que pertenece Bombori. Los hermanos devotos, Malena y Marcelo, lo corroboran, pero reconocen que cada vez hay más borrachera y que empiezan a surgir fraternidades de morenada al estilo de otros pueblos. El sonido de los sikus es el típico, pues con él los vecinos recibieron al santo cuando llegó al pueblo, según la leyenda.

Ahora, gracias a las donaciones de los fieles, que aportan dinero o materiales, se está construyendo un nuevo templo, más alto y grande que la capilla, de ladrillo y calamina, que contrasta con el colonial. El año pasado se hicieron las paredes; éste se ha colocado el tejado. Aún le faltan las puertas y ventanas. “No hay apoyo de las autoridades”, critica Malena.

El olor a sangre impregna la plaza, por la que es difícil pasar sin meter el pie en una fogata o pisar la cabeza de alguno de los que está sentado. Las gotas de sangre salpican al que pasa. A los vecinos, más que a nadie, les interesa cuidar de su Tata: a pesar de la aridez de la zona hay agricultura, ganadería y se extrae plata. Verdaderamente, no pueden dejar que se vaya a otro lado.