Thursday, April 10, 2014

Tarija Municipio presenta Festival de Voladores y juegos tradicionales

La Oficial Mayor de Fomento a la Cultura y Producción, Cira Flores, informó que hoy a partir de las 10:00 horas, en la plaza de los Héroes del Barrio Senac se llevará a cabo el Festival de Voladores, mismo, que busca promover los juegos tradicionales de la ciudad de Tarija.

La actividad forma es parte del programa en homenaje al día del niño.
“Con la finalidad de estimular los juegos tradicionales que se realizaban en pasados años, vamos a realizar un Festival de Voladores, donde esperamos que participen varios niños del barrio Senac y de los demás barrios”, dijo.
Asimismo, hizo conocer que hoy a partir de las 19:00 horas, en el frontis del Concejo Municipal, también se da inicio a las actividades en homenaje el día del niño, con la presentación de la película: “Sigamos Jugando”, producida por la familia Alcoba. “Durante la actividad se hará un reconocimiento a los niños y a los directores de la película”, mencionó.
Del mismo modo, en la fecha también desarrollaran actividades en la Plaza Abaroa en coordinación con las unidades educativas cercanas al barrio, donde se va llevará adelante una carrera del embolsado, el juego del trompo, la pepita y la tuncuna, “en el barrio Abaroa las actividades comenzarán a las 10:00 horas”, indicó.
Al señalar que entre otras actividades, asimismo se realizará los juegos tradiciones con estudiantes de las diferentes unidades educativas en la biblioteca del barrio Luís Espinal, con el objetivo de recuperar, preservar y difundir los juegos de antaño.
“Invitamos a todas las personas para que puedan participar de esta interesante actividad incluyendo a las personas de la tercera edad para que recuerden los juegos de antaño y los niños para que vean que no sólo la tecnología nos permite desarrollar la creatividad, sino más al contrario recuperar estas juegos es dar a conocer los juegos saludables que existían cuando no había tecnología el concejo municipal”, manifestó.

Wednesday, April 9, 2014

Organizan Caballada de la Tradición Tarijeña

Con el objetivo de promocionar, difundir las costumbres y tradiciones, el municipio de Cercado programó para el 15 de abril, la segunda Caballada de la Tradición Tarijeña, a efectuarse en la Avenida de Integración. Asimismo, se realizará el III Festival del Chanchito a la Cruz.

El asesor cultural del Municipio de Cercado, Juan Flores, informó que los visitantes podrán apreciar desfile de caballos de paso, demostración de habilidad, así como carreras de caballos, en las categorías criollos y mestizos.
“Los participantes podrán realizar apuestas en el marco de las tradiciones y costumbres de la región”, dijo.

Sunday, April 6, 2014

Comunidades altiplánicas conservan su historia y tradición a partir de la música

Desde sus inicios, la música como el lenguaje han jugado un papel muy importante en el desarrollo de todas las comunidades del altiplano del departamento de La Paz, convirtiéndose en una forma de describir y relatar el mundo y los hechos, para luego dar testimonio a las futuras generaciones de manera funcional y de socialización dentro de sus rituales, explicó el etnólogo Javier Molina.

En este contexto, la música se ha utilizado no sólo para la descripción sino que desde siempre a acompañando la vida diaria de los habitantes, que en algunos lugares aún está regida por el ciclo ritual agrícola, que marca el ritmo de la vida no sólo del hombre sino de todo aquello que tiene vida incluida la música, los instrumentos y la ejecución de los mismos.

"La música, dentro de la comunidad, no es vista desde un punto estético y de consumo, sino como parte de los acontecimientos importantes en los que todos participan y tienen un lugar o una función, y es por eso que existe un instrumento para cada época y un ritmo para cada ocasión", señaló el etnomusicólogo Filemón Quispe.

La música tiene una época que corresponde a las diferentes épocas del calendario agrícola, como las tarkas, pinquillos, mohoseños, ocarinas o todo aquel que tenga "pico" (boquilla), pertenecen al "Jallu pacha", época de lluvias o época de la mujer, por representar la fertilidad de la tierra y de la cosecha, razón por la que los bailarines y músicos se adornan con flores y frutos.

Esta época también es la de la formación de parejas nuevas, que comienza con Todos Santos, tiempo en el que se hace el cambio de instrumentos y música, para melodías más festivas con las que los jóvenes se conocen.

“Son varias las festividades que son acompañadas de música y que describen en su interpretación y su danza una ritual, y se transmiten de generación en generación. Una de las más conocidas es el Anata que conocemos como carnaval, donde tocan tarkas y mohoseñadas, donde los bailarines y músicos están adornados con flores. Representa el afloramiento de las siembras y la cosecha de las mismas, los pinquillos tienen otras características y acompañan a la formación de nuevas parejas de jóvenes que se conocen en esta fiesta. Luego de la cosecha acompañara también la repartición de nuevas tierras a los nuevos matrimonios”, manifestó Quispe.

Entre otros ejemplos, está la Phuna que es característica de Copacabana, donde los jóvenes hacen competencias entre comunidades, esta se da con el primer fruto o la primera flor de la papa que es challada en los mismos surcos, por lo que en representación del ritual, este ritmo se baila en filas de uno, simulando el paso por los surcos.

También en Puerto Pérez se ve el Chayaway Anata que se da y coincide con la challa de los ganados y las tierras. Los ahijados van a visitar a sus padrinos con esta música, con una tonada exclusivamente social. Al igual que waycheños que suenan después de la cosecha, por abril, anuncian una nueva distribución de las tierras.

“Estas ceremonias, en los últimos años, ha tomado otro color, ya que antes por la forma de producción, se redistribuía la tierra para que una parcela descanse mientras otra producía, sin embargo ahora la tierra produce todo el tiempo, así que se ha perdido parte de la ritualidad y con esto también ciertas melodías", manifestó el recopilador de música étnica, Eulogio Yari.

De la misma forma, con la fiesta de 3 de Mayo o de la Cruz del Sur comienza el descanso de la tierra y con ellos la época seca o época del varón, donde se cambiara de instrumentos, por aquellos que están hechos de caña, como el siku o las quenas.

"Se interpretan los instrumentos de tubos abiertos, la noche de tres de mayo es una de las más importantes, hay músicas en todas las comunidades, en Charazani están los kantus, ritmo cadencioso que se identifica por su armonía de quintas paralelas y sincopa, en la provincia Camacho tenemos el sikuri mayor o sikuris de italaque", manifestó Yari.

Según el investigador fuera del departamento de La Paz se tiene una de las fiestas más importantes de la época seca en el norte de Potosí, la del tinku o encuentro en la que las comunidades salen con música de jula jula, sikuras y roleanos, que desatará una pelea entre comunidades, donde se da el robo de las muchachas, quienes tendrán cintas de colores y espejos en su sombrero para encandilar a los hombres.

Muchas de estas festividades han ido desapareciendo con el desarrollo de las comunidades y sus nuevas formas de economía, que han dejado de lado la agricultura, sin embargo, por su transmisión han migrado hacia las ciudades cambiando su ritualidad.

El señor de Bombori elegido por el rayo

Mi nombre es Juan Carlos Escobar, pero me conocen más como Don Santiago. Tengo un don especial. La gente confía mucho en mí”. Así se presenta el famoso Señor de Bombori, un jampiri o médico tradicional de 51 años que creció en la ciudad potosina de Llallagua y que lleva 25 años viviendo en Cochabamba. Su nombre “comercial” es el del famoso santo milagroso patrón (de entre muchos otros lugares) de Bombori, un pequeño pueblo de Norte Potosí al que muchos sanadores acuden cada 25 de julio, día del Apóstol, a recibir su bendición. “Voy a pedirle al Tata que me dé el poder de curar a la gente”, cuenta el curandero.

Está sentado ante una mesa cubierta con una lámina de cristal bajo la que hay un aguayo. Tiene encima una imagen de Santiago Matamoros en plena acción: montado en su mítico caballo blanco, que trata de aplastar con sus patas a un seguidor del islam. Las paredes del cuarto están cubiertas por completo con aguayos sobre los que cuelgan cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, imágenes marianas y de la última cena bíblica; una foto del Presidente de Bolivia; amuletos andinos de piedra, como la chacana, y hasta una wiphala. A un lado hay algunos símbolos de otras creencias religiosas como un buda sonriente al que, desde la esquina de enfrente, parecen devolverle el alegre saludo cuatro ñatitas o calaveras, tres de ellas con gorro.

Sobre una estantería hay potes de diferentes tamaños indicados para diversas dolencias del cuerpo y del alma, ya sea dolor de riñones o mal de amores, y velas de cera roja en forma de pareja, bolsitas para hacer sahumerios, algo que parecen confites, hierbas, alcohol...

Ésta es su oficina, contigua a la sala de espera donde suele haber bastante gente. Está dentro del complejo de su casa, en Sumanpaya Sur, en el kilómetro ocho de Cochabamba en dirección a Quillacollo. Tiene un gran patio con pasto, algunos árboles frutales, varias jaulas con pájaros de vivos colores y una pequeña piscina.

El don siempre ha estado con él. Dice que desde niño se le dio bien curar a los bebés. Y, a los 12 años, recibió una clara señal de que él tenía algo especial. “A mí me agarró el rayo”. En su mano derecha se nota el efecto de la descarga: está abultada y le falta un pedazo del dedo meñique. “Mucha gente me besa la mano cuando la curo”. Se levanta la camisa naranja con adornos de colores tipo aguayo en el cuello y en las mangas y el chaleco, también del estilo de las telas típicas del altiplano, para mostrar otra cicatriz, en el lado derecho del tronco. De aquella experiencia solo recuerda que la vivió como un sueño, que se sentía como si le hubieran quemado y que pasaron cinco horas hasta que lo llevaron ante un médico. Después, se puso a ayudar a un curandero de Llallagua y con él aprendió parte de lo que sabe.

“El Señor de Bombori, caído del cielo”, respondió el taxista que nos trajo hasta aquí cuando le preguntamos si conocía al curandero. “Le faltan tres dedos”, nos comentó mostrándonos la mano derecha. “Y es carero...”. Lo de los dedos era una leyenda urbana. Lo del precio de sus servicios... no está lejos de la realidad: el costo tiene un número de tres cifras que se acerca a una cantidad de cuatro dígitos. “Siempre he ayudado a la gente pobre”, dice. Ha aumentado el importe, explica, porque el material que usa (azúcar, velas, etc.) se ha encarecido en los últimos años. Además, el tratamiento que ofrece no es cosa de un rato: puede durar hasta un mes. Primero, don Santiago lee en la coca cuál es el problema de la persona. Muchas veces los pacientes son víctimas de alguna brujería, dice. Muestra un pequeño ataúd que adentro tiene un muñeco atravesado por numerosas agujas. Él mismo lo desenterró de un cementerio. Luego, hay que hacer una limpia con una khoa (tiene una kohería) y bañar al “enfermo” con hierbas como la ruda, la retama y el romero, que eliminan el embrujo. Eso lo hace en otra sala de paredes y suelo de azulejos y techo de vigas llena de imágenes religiosas, como un antiguo Cristo negro. En el piso de azulejos hay un rectángulo: es ahí donde el curandero baña al paciente, cuando es varón, o bien lo hace su esposa, Rosaura, quien también tiene don, si se trata de una mujer. Cuando es un matrimonio, ambos lavan a la pareja.

La imagen de Justo Juez, que ayuda a sacar a presos de la cárcel; el Niño Divino; Judas Iscariote, para encontrar lo que ha sido robado; las vírgenes de Urkupiña y Copacabana; José Labrador... son algunas de las efigies divinas del cuarto donde hace las sanaciones. También están Prudencio y Romualda Canaviri, dos ñatitas metidas en una urna en la que hay pequeños papeles con peticiones y algunas velas que les ponen los creyentes. Pero entre todas las figuras, don Santiago reza frente al Cristo crucificado de piel oscura, que está colocada hacia el Este: “Oh, poderosa cruz de Caravaca...”, comienza la oración.

También acude a la casa del paciente para hacer una mesa ritual, colocar rosarios, herrajes hembra y macho tras las puertas, enterrar una olla de barro con cuchillo y tijera...También mata una gallina negra para que se lleve a la tumba el maleficio.

Dice que hasta él llega gente de todo el país. Por eso está terminando de ampliar su complejo con un pequeño alojamiento. Además, la piscina servirá para hacer hidroterapia, ofrecerá sesiones de fisioterapia y tendrá un laboratorio de medicina tradicional, actividades que desarrollarán sus dos hijas mayores (tiene seis hijos y otro en camino): una es bioquímica y la otra fisioterapeuta. La idea es hacer una especie de hospital. “Estoy bien acreditado”, lo afirma mientras saca de un maletín diplomas y carnets: títulos de médico tradicional concedidos por la Universidad Mayor de San Simón, certificado de preparación de khoas, acreditaciones y documentos de asistencia a congresos...

Santiago y el rayo

Cuentan las crónicas coloniales que, durante la conquista del Cusco, Francisco Pizarro y sus tropas pidieron ayuda a Dios y su respuesta fue un rayo que trajo al Apóstol Santiago para luchar contra los incas. Desde entonces, los pueblos originarios de la zona identificaron al dios Illapa (deidad de la lluvia, el rayo y el trueno) con el santo patrón de España.

Amautas, kallawayas y yatiris consideran que recibir un rayo o nacer con los pies por delante o con alguna malformación son señales de que una persona es elegida para ayudar a los demás. Y, por los años que lleva haciéndolo y porque hay que llamar para pedir consulta, parece que a don Santiago se le da bien. Es cuestión de fe.


El primer viernes: Un ritual de encuentro con las deidades

Muchas personas tienen la creencia del primer viernes, como un hecho ritual de agradecimiento y de petición de buenos augurios, para el trabajo, los negocios, viajes y otros. Sin embargo, va más allá porque si se lo hace con fe, llega a ser un encuentro con las deidades andinas y los cuatro elementos que son parte del Planeta Tierra, fuego, aire, agua y tierra.

Este hecho simbólico se vive cada primer viernes en el domicilio del artista escultor, Gonzalo Cardozo, donde asisten visitantes de toda índole, extranjeros, folkloristas, artistas, periodistas y otros que viven al máximo ese momento que se convierte en un momento mágico, espiritual y de renovación de la energía.



RITUAL

Cardozo hizo de amauta o jefe que presidió la ceremonia, que se inició pidiendo permiso a los cuatro puntos cardinales, quemando incienso para purificar el ambiente. Simultáneamente, los asistentes acullicaban la hoja de coca, parte componente del ritual. Delante del amauta, una mesa blanca o k’oa sobre un ara, la cual fue ch’allada por todos los asistentes con alcohol, por las cuatro esquinas de esta ofrenda, asimismo, se colocaron cuatro hojas de coca, cada una representó una intención o petición.

También se puso la hoja milenaria, que recordó a los difuntos y a los amigos ausentes a la ceremonia. Esa acción se la hace con la mano derecha o izquierda, pero siempre hacia el cuerpo de la persona que hace ese ritual.

Ese simbolismo fue en agradecimiento por la vida, la salud, amigos, familia, casa, dinero y otros. Una vez que se terminó de colocar las hojas, se procedió a endulzar la mesa, para ello se sirvió vino oporto que pasó de una persona a otra completando el círculo, hasta que se termine el elixir.

Luego, el j’achu o acumulación de la hoja de coca masticada y retenida en la boca, deber ser botada al fuego que se prepara para quemar la k’oa, porque en la coca masticada está el espíritu, que se impregnó con los pensamientos de una persona, solicitudes, agradecimientos y por ello se dice que la coca lleva toda la energía de la persona.

Posteriormente, Cardozo explicó que el material más antiguo de la Tierra es la piedra, y con el tiempo fue incorporada en los rituales, representada por una pequeña esfera de piedra que simboliza el planeta Tierra que está en las manos de cada persona que participa del ritual. La idea es reflexionar para cambiar de actitud para preservar la única casa que tenemos.

Las esferas están alrededor del fuego preparado y se presta a cada una de las personas que participan del acontecimiento. El jefe de la ceremonia ch’alla a los cuatro elementos del planeta, tierra, aire, fuego y agua.

Una vez terminada con las peticiones, se devuelven las esferas a su lugar y el amauta, coloca la mesa u ofrenda, volcada al fuego, mientras tanto, todos los participantes le dan la espalda al fuego para escuchar su mensaje. Tras unos minutos, todos cierran un círculo alrededor de la mesa agarrados de las manos, que están cruzadas unas con otras, que representa la comunión y ritual a la Pachamama. Luego vienen los abrazos entre todos los participantes quienes desean que la ofrenda colocada haya sido "en buena hora".

Para dejar que el fuego consuma la mesa o k’oa, todos los presentes se dirigen hacia otro ambiente, sin darse la vuelta para que todos los deseos solicitados se cumplan.

Monday, March 31, 2014

Fabrican velas de sebo para Semana Santa

Cada año, durante la Cuaresma, los caciques y el cabildo indígena empiezan a trabajar en la fabricación de las tradicionales velas de sebo. Esta tarea la ejecutan en la denominada Casa de Bastón.
Los josesanos las llaman las velas del pueblo. Los fabricantes forman parte de una generación que ha heredado esa responsabilidad de sus padres, y estos de sus abuelos, y así sucesivamente hasta la época de los jesuitas.
El trabajo demanda las siguientes tareas: recolectar el pabilo hecho por las mujeres artesanas, recoger el sebo del matadero municipal, de los friales, carnicerías y de personas particulares, y cortar varillas para el colgado de las velas.
Luego empiezan a derretir el sebo y a bañar los pabilos hasta formar la vela. Después de 15 bañadas las ponen a secar bajo la sombra. Una vez secas las envuelven en papel periódico y las guardan para regalarlas los días miércoles, jueves y viernes santo.
El cabildo y los caciques están fabricando alrededor de 4.000 unidades para repartirlas (gratuitamente) a los fieles que asisten a las procesiones de Semana Santa


El Minerito

Si preguntan por el cerro del Minerito, en la ciudad de Cochabamba, todos saben que se trata del cerro detrás del Cristo de la Concordia donde está la tumba del Minerito. Lugar lleno de misticismo donde el tiempo paró para ceder espacio a las plegarias y al culto a la Pachamama, por eso, allá, el viento sopla de rato en rato para recoger las quejumbres de todos los que acuden al paraje buscando alivio para sus penas.

Decenas de yatiris se concentran en el lugar para realizar los diferentes ritos referidos a los diversos pedidos de sus consulentes. Los braseros a carbón humean mientras los yatiris trabajan bajo el sol, coloreando el paisaje agreste y empolvado. Es un espectáculo fantástico, donde el olor a incienso se mezcla al olor a cerveza entre las piedras y arboles raquíticos que cubren el cerro, en una escena surrealista de la vida real.

Envueltas en el humo se escuchan las plegarias marcadas por el tintinar de campanitas.

La ciudad al pie del cerro tiene aspecto de una fotografía de un cartón postal, puesto que no se divisa su movimiento, ni los sonidos que la hacen viva.

La ciudad… ¡ah! la ciudad es el espacio donde unos guardan sus sueños, educan sus hijos con seguridad y decoran sus casas con cariño, pero también, la ciudad es ese rincón en donde hay pasiones y arrebatos, ese lugar común donde los dolores se multiplican y en donde el desespero de unos es inadvertido por las frustraciones de otros. La ciudad es el sitio en donde se expresa la bienandanza y la tragedia de la vida.

La ciudad de Cochabamba, no sabe qué pasa en el cerro del Minerito.

El cerro del Minerito hace parte de otro mundo, un mundo extraño que invita a meditar…

El Cristo de la Concordia está de espaldas para el cerro del Minerito, lugar donde fue torturado y enterrado el minero Juan Pablo Inofuentes, que después de pasar su juventud sin ver la luz del sol, en la oscuridad profundísima de los socavones de la mina de Quechisla, enfermo y sin fuerzas para trabajar en el interior de la mina dejó Comibol y con la plata de la indemnización, su prole y sus cachivaches emprendió rumbo a la ciudad. Sin saber que la ciudad es más peligrosa que las galerías en el fondo de la tierra. Sin tener idea que la horripilante jaula que le transportaba a las entrañas de la tierra era menos traicionera que la ciudad.

El minero de Quechisla arribó a la ciudad con la esposa al lado y ocho hijos detrás. Al cabo de pocas horas fueron robados, porque el infortunio está a la vuelta de la esquina, y nadie sabe a quién le tocará. En cuestión de segundos no había plata para establecerse en la ciudad. En cuestión de segundos los planes se fueron cuesta abajo y se escurrieron por la alcantarilla de la esquina. En cuestión de segundos nada más, el mal se hizo presente en la vida del minero de Quechisla y de su familia. Porque la ciudad es una especie de selva y quien no está acostumbrado a andar en la jungla corre mayores riesgos, llama más la atención y se torna presa fácil de los depredadores.

Con una resignación secular, seguro de que el hambre no espera, el minero tuvo que buscar otro camino para sacar adelante a su familia, entonces reemprendió rumbo a la Argentina con la esposa y ocho hijos, porque solo contaba con sus manos trabajadoras. Fue a vender su fuerza de trabajo al país vecino, ya que en su país acababan de quitarle sus sueños y no había fuentes de trabajo y obligaba, desde hace tiempo, a mucha gente a inmigrar para poder comer.

Como inmigrante, después de algunos años, logró reunir una buena cantidad de dinero y volvió al país con la esposa y los ocho hijos, con la intención de seguir con sus planes

iniciales. Al arribo, en plena estación de trenes de la ciudad de Cochabamba, el minero de Quechisla, sacó del bolsillo tres mil dólares americanos y empezó a contarlos distraídamente. Hecho que llamó la atención de unos timadores que se acercaron y con engaños lo llevaron hasta el cerro y lo martirizaron.

Martirizaron a un hombre simple sin maldad que nació y creció en la seguridad de un campamento minero, donde no se usaba dinero, se utilizaban vales para adquirir la carne, el pan o lo que fuere. Donde todos vivían bajo las normas del sindicato y no había personas ajenas a la empresa deambulando y cometiendo fechorías, porque la policía minera resguardaba los campamentos donde la vida transcurría en un ritmo vigilado por la empresa y por el sindicato. El peligro en los campamentos mineros estaba relacionado a un accidente con dinamita en el interior de la mina o con la jaula del ascensor que podía desplomarse, las personas no representaban peligro. En cambio, en la ciudad el otro transeúnte puede representar el peligro, y el minero de Quechisla no advertía peligro de vida en otro ciudadano.

Cuando Juan Pablo Inofuentes, entraba al interior de la mina acostumbraba a persignarse delante de la imagen del Tío, ofrendaba una rociada de alcohol, un cigarrillo y un tantito de hoja de coca para que su jornada transcurra sin novedad. Con la seguridad de que estaba protegido por el Tío de la Mina, desde su primer día como trabajador minero hasta el último día, la vida pasó sin mayores sobresaltos. Cuando dejó la empresa, dejó atrás la hoja de coca, el alcohol y el Tío de la Mina, pues, imaginaba que la vida lejos de los terribles peligros de la mina, transcurriría con mayor tranquilidad y bonanza.

Estropearon su cuerpo, pero, no su alma que era buena, resignada y fuerte. Después de pocas semanas desenterraron sus restos en el lugar donde se encuentra hoy su tumba.

Fueron muchos los testimonios de que el alma de Juan Pablo Inofuentes, apareció en la estación de trenes preguntando por su familia e identificándose como el minero de Quechisla. Después de asimilar su experiencia de sufrimiento y alejamiento repentino de su familia, el alma del Minerito empezó a ayudar a todo aquél que le solicita. La familia del minero de Quechisla regresó a la República de Argentina.

Las personas empezaron a concurrir al lugar de la tumba del Minerito para rogar favores al alma bendita, para resolver sus problemas terrenales. Los yatiris reconocieron el lugar como un sitio sagrado donde el alma de Juan Pablo Inofuentes, concurre para ayudarlos en su tarea diaria de auxiliar al prójimo.

Son variadas las manifestaciones de gratitud que las personas dejan como testimonio en la tumba del Minerito, reconociéndolo como alma caritativa y bendita.

El cerro es un lugar lleno de misticismo, ritos y símbolos, donde el tiempo paró para ceder espacio a una plegaria por el alma bendita del minerito mártir Juan Pablo

Inofuentes, minero de Quechisla, que recoge el exceso de dolor que puede haber en la vida de cualquier mortal.