Sunday, July 3, 2016

Año nuevo aymara en La Paz. Los hombres del viento

Está avanzada la noche y el frío de la cumbre es cada vez más intenso. A pesar de ello, de las montañas cercanas descienden familias enteras de músicos y autoridades originarias que cargan consigo sus ropas de fiesta.

Junto a estos ajuares resaltan también pesados bombos y comidas preparadas para la velada: el Aymar Machaq Mara del 5524 (año nuevo aymara de 2016), que en esta ocasión se recibirá en las altas ruinas de Warkamarka, ubicadas en la localidad de Wilakala del municipio de Mocomoco, segunda sección de la provincia Camacho del departamento de La Paz.

La noche se hace cada vez más larga y entre los pasos de la comunidad circunda además una densa niebla que silba mientras avanza la oscuridad hacia el encuentro del Sol, que al emerger de las cumbres nevadas debe reiniciar el ciclo agrícola con el que los aymaras de los Andes centrales de Bolivia ordenarán, nuevamente, el mundo que habitan.

FIESTA DEL SOL

Los preparativos para recibir el solsticio de invierno el 21 de junio han sido extensos y la participación de las autoridades originarias, como también de las autoridades del Estado expresan la complejidad del rito que se encarga en la especial fecha.

La noche del lunes 20 se ha cargado de intensa energía, pues todos, a la espera del amanecer, se han concatenado en una voluntad de trabajo que se manifiesta en actividades diversas que se suscitan durante toda la noche.

La coca, el tabaco y el alcohol son ligantes para espantar al frío, y también para que la fuerza no se desvanezca, mientras la comida se constituye en el alimento material que conecta el diálogo entre los participantes, para luego dar paso a la música y el fuego, que son el alimento espiritual con los que se escribe el guion anímico que recibirá la llegada de los rayos solares.

Las wajt’as (ofrendas) que se ofrecen al fuego son mesas blancas armadas cuidadosamente por todas las autoridades originarias y los yatiris, que en hermético concilio nocturno han encomendado todas sus voluntades hacia las deidades de la tierra, el aire, el agua, los animales y las plantas. Todas las mesas ofrendadas son una representación microscópica de la interpretación compleja de la vida y el universo, por lo que en su composición se conduce una voluntad de equilibrio entre la naturaleza y los seres humanos, que sin la existencia de la música que traza su camino metafórico, no podría ser completa.

EL SIKURI COMO METÁFORA DE VIDA Y DE LA COMUNIDAD

Para el mundo andino la música es la metáfora de la vida, que inspirada en los sonidos de la naturaleza, se constituye también en una metáfora musicalizada de la comunidad, es así que la estructura musical de casi todos los instrumentos, sean éstos de época de lluvia o de viento, se basen en una interpretación de la estructura familiar como el núcleo de toda actividad que moviliza las energías productivas. Tal el caso, por ejemplo de una tropa de sikus, que se compone de tres medidas de instrumento: zankas, maltas y ch´itis, todas ellas igualadas en una misma nota, pero diferenciadas por ser una más aguda que la otra, relación también conocida como igualación por octavas.

A diferencia de lo que en las ciudades se conoce como zampoña, que consta de dos hileras de tubos interpretados por un mismo músico, el siku se interpreta siempre a contrapunto, constando esta relación siempre de dos hileras: la ira (la que lleva), que es el componente masculino del diálogo, y la arka (la que sigue), que es el componente femenino en la reproducción sonora: jamás se hace música de sikuri individualmente, siempre en par.

Habitualmente una tropa de sikuris de la región de Italaque posee 7 pares de instrumentos, sin que ello signifique que exista un límite máximo de interpretantes. Como mínimo, para que este registro suene como se debe se necesitan: un par de zankas, cuatro pares de maltas y dos pares de ch´itis.

La zanka o tayka (madre) es siempre el siku más grave y su contextura física es la más larga de todo el conjunto. Generalmente esta medida está interpretada por los guías de la tropa, toda vez que su ejecución requiere mucha práctica melódica y conocimiento técnico en el soplado. Se dice que para ser “zankero” hay que ser “bien mañudo” porque de su ejecución depende la potencia del sikuri, es por eso que casi siempre los mejores zankeros son los mayores.

La mala o malta es la medida intermedia: mide exactamente la mitad del cuerpo de la zanka y aparentemente es la que ofrece la nota natural del instrumento, además de ser siempre el cuerpo sonoro de toda la tropa, siendo también la que habitualmente es interpretada por los jóvenes y los músicos que tienen ya una base adquirida.

Los ch’itis o likus son, como su nombre literal lo indica, los niños de la comunidad, aunque su práctica esté destinada siempre a músicos con amplio recorrido en el cultivo del instrumento. Se dice que además de adornar el sonido del sikuri, la importancia de esta medida radica en la melodía del cuerpo sonoro, acentuando bien los distintos movimientos y cuerpos de la composición, así como los niños alegran el sonido del hogar cuando juegan en la casa o las calles de la comunidad.

EL SIKURI DE ITALAQUE: LA EXPRESIÓN DE LOS ROSTROS EN LA DIVERSIDAD AYMARA

Durante el tiempo de heladas, iniciado oficialmente con los rituales del solsticio de invierno, la región del Municipio de Mocomoco, dominada por altas cumbres y profundos valles se nutre del sonido de los famosos sikuris de Italaque, que en su traducción literal (sikuris) significa “los que interpretan sikus”, a secas, pero que con la identificación de la localidad se hace relativamente específica de la comunidad de Italaque, acaso ésta la más visible de la zona desde tiempos de la Colonia, cuando se constituyó en una hacienda que controlaba la producción regional.

Sin embargo, en ese contexto es importante puntualizar que en esta región el sikuri es la manifestación musical de una vasta zona que no solo se reduce a la localidad de Italaque, sino más bien a un conjunto de ayllus que trascienden las unidades administrativas impuestas por la Colonia y la República en sus momentos, y razón por la cual hoy por hoy el término asociado a los “sikuris de Italaque” sea considerado una interpretación reduccionista.

Aunque la estructura musical de este sikuri es única y la medida del instrumento casi no presenta variantes, cada comunidad que compone esta unidad cultural posee sus propias melodías y sus propias formas de interpretar los distintos momentos de la narrativa musical. Desde marchas marciales, huayños y pasacalles, hasta los k´ochus, a manera de rezos que son interpretados en las puertas de las iglesias, cada conjunto de sikuris se precia de ser único y original.

La riqueza diversa de las comunidades de valle y de altura, que musicalmente muestran diferencias tangibles son ciertamente un enigma etnohistórico que se debe reescribir, por lo que justamente el Municipio de Mocomoco en pleno se ha puesto en la tarea de recuperar, por medio de la producción y reproducción musical, las formas de la diversidad aymara expresadas en el sikuri.

Las vestimentas, las melodías, así como las estructuras que marcan la narrativa gestual de los intérpretes son solo la punta del ovillo de un complejo sistema que se abre ante nuestros ojos en esta ocasión, y que definitivamente promete ayudarnos a descubrir una historia escondida de hace siglos atrás. Permanece el compromiso con usted, estimado lector, para compartir lo que emerja de este camino maravilloso que se tiñe de valles y altas montañas, para engalanarse luego con la presencia de los rostros que le dan forma al viento que renueva los ciclos maternales de la tierra: los sikuris más poderosos del universo. ¡Jallalla!

El autor es fotógrafo documental y arquitecto, con estudios en antropología, diseño gráfico y comunicación audiovisual. Posee una maestría en Gestión de Patrimonio y Desarrollo Territorial de la Universidad Mayor de San Simón y la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica).


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